LA MEMORIA DE LA PIEDRA
Hubo un tiempo en que la tierra no se medía en gigabytes, sino en inviernos.
En los valles altos de la Demanda, donde la geografía se vuelve un laberinto de silencio, las casas crecían de la misma roca que las rodeaba. Estas imágenes son el eco de esos años ochenta, rescatadas del nitrato y el grano analógico. No son postales de nostalgia; son el registro crudo de una resistencia.
El porfolio se despliega como un viaje de aproximación que arranca en la inmensidad de las carreteras de tierra y las lomas batidas por el viento, deteniéndose en el vaivén de un mar de espigas maduras y en el esfuerzo de los hombres que cosechan bajo el cielo abierto. Al avanzar, el camino se encajona entre desfiladeros de roca hasta descubrir el pueblo herido en la ladera. Es en su arquitectura de adobe y piedra donde el ensayo empieza a latir desde dentro, capturando los oficios y el ritmo de una cotidianidad compartida con la tierra y los animales: el paso de un burro aparejado, el tintineo del acero de una guadaña que se afila sobre el empedrado bajo la mirada atenta de un niño, y el deambular de los rebaños que toman las calles. Un trayecto que camina entre la faena y el descanso, desde el pastor que contempla el ganado junto al río hasta esas miradas de luto de las mujeres que, sentadas a la puerta de casa, ven pasar la vida y sostienen con su gesto el peso de toda una vida de inviernos.
El paso lento del ganado tiñendo de polvo el aire. Las fachadas de adobe que sostienen el cielo. Y, sobre todo, las miradas y las esperas sentadas a la puerta de casa, viendo cómo el siglo XX se marchaba de largo por la carretera general, dejando atrás el murmullo de las fuentes y el peso de la memoria.
Piedra, madera, piel y tiempo. La fantasía real de una Rioja que se grabó en plata para no desaparecer jamás.
 
 
Back to Top