EL LATIDO DE LA ESPERA
Este ensayo visual no nace de un viaje físico, sino de un choque emocional. Nace el día en que unos amigos cercanos, firmes creyentes en la lírica del régimen cubano, regresaron de la isla despojados de mitos, rotos por el peso de una Cuba que no venía en los folletos turísticos, sino que sobrevivía en los márgenes de la precariedad y el olvido.
Ante la imposibilidad de viajar a la isla, decidí emprender una búsqueda autoral desde la distancia. Al intentar recorrer sus calles a través de los ojos de los coches satelitales, tropecé con el primer muro: el silencio digital de un sistema que no permite la entrada de las cámaras globales. Pero la intención no era rendirse. Indagando en otras herramientas, descubrí un universo paralelo en plataformas de vídeo: grabaciones domésticas creadas por los propios cubanos, piezas visuales nacidas de una necesidad imperiosa y del deseo profundo de que, desde el exterior, se conociera su verdadero modo de vida. Así comenzó un trabajo arduo de semanas y meses; un vaciado minucioso de horas de metraje para capturar los instantes más punzantes, componer las imágenes bajo mi propio lenguaje visual, editarlas y dotarlas de la carga artística y de producción que define cada una de mis obras. El resultado es esta selección: la Cuba de las carencias cotidianas, pero también la de la dignidad inquebrantable, la sensualidad y la alegría que se resiste a ser apagada.
El porfolio se despliega ante el espectador como un viaje cinematográfico en cuatro actos suspendidos en el tiempo:
Arrancamos desde el cielo tormentoso que cubre los tejados de la ciudad, descendiendo por calles heridas y semiderruidas donde la vida camina bajo sombrillas y sábanas tendidas que desafían la gravedad. Superado el escenario, nos asomamos directamente a la intimidad de sus habitantes: la mirada honda de sus mujeres, la memoria de una revolución agrietada en el reflejo de un espejo y la madurez impostada de la infancia. De pronto, el ensayo vibra; la música estalla en unas manos que golpean un piano y la fuerza de la naturaleza explota en una ola gigante en el Malecón, metáfora de una juventud que desafía el golpe. Finalmente, el viaje se sumerge en la noche caribeña, donde el cuerpo baila para olvidar, el amor se refugia en la penumbra y la identidad se quiebra como un puzle desarmado frente a un muro, dejando la historia abierta en un espigón, donde tres jóvenes miran al mar, hacia ese horizonte que es, al mismo tiempo, promesa y frontera.
Las texturas que envuelven estas obras —que recuerdan a las emulsiones químicas arañadas del colodión o a las placas de vidrio del siglo XIX— actúan como el velo de la memoria. No pretenden juzgar la política, sino rescatar la piel de un pueblo apasionado que, atrapado entre las ruinas del tiempo, sigue encontrando en la música, el mar y el abrazo mutuo la única patria que nadie les puede arrebatar.
 
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